XÀTIVA: DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL A LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA
El 28 de junio de 1914 caía asesinado en Sarajevo el heredero al trono del Imperio austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando. Su asesino fue un terrorista serbio que deseaba expulsar a los Habsburgo de Bosnia. El 23 de julio las autoridades imperiales mandaron un ultimátum al Reino de Serbia pidiendo responsabilidades por permitir las acciones de grupos subversivos violentos en su territorio. Sin tiempo a respuesta, un 28 de julio Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia. De inmediato se desencadenó todo un sistema de alianzas que convirtió un conflicto localizado en los Balcanes en una Guerra Mundial, instigada por unos alemanes que anhelan ser los dueños de Europa. Calcularon erróneamente una rápida victoria, y al atacar a Francia por Bélgica un tres de agosto, convirtieron el magnicidio de un príncipe aliado en el inicio de una carnicería descomunal con millones muertos.
España mantuvo su posición de neutralidad a pesar de las muchas presiones internacionales. En el interior, los conservadores fueron con los alemanes, símbolo de la potencia económica y del autoritarismo, mientras que liberales y republicanos apostaron por franceses e ingleses. El ayuntamiento de Xàtiva, en manos por entonces de los conservadores liderados por el alcalde Jose Romero Soldevila, no tardó en telegrafiar a Madrid, un siete de septiembre de 1914, para en nombre de todo el comercio e industria, felicitar al gobierno por su posición de neutralidad.
Era una época de prosperidad para España y Xàtiva sin precedentes. Así, por ejemplo, llegan a la capital de la Costera bancos de inversión, cajas de ahorro, aseguradoras, empresas de automoción, y regimientos militares, se desarrolló la electricidad, el cine y la telefonía, y se inviertió en obra pública con financiación pública y privada como nunca. Inauguración del nuevo Matadero, la plaza de toros, el cementerio civil, la creación del museo, la urbanización de la Bajada del Carmen, la reforma de los lavaderos públicos o la restauración de la fuente de 25 caños. Nadie quería la guerra de la que este julio se cumplen cien años, y Xàtiva menos, aunque como todo el país viviera las consecuencias negativas de un conflicto a partir de la batalla de Verdún.
A partir de la primavera de 1916, Europa se pobló de trincheras y se regó con la sangre de millones de jóvenes enzarzados en una guerra de desgaste que ya no duró unas pocas semanas sino cuatro largos años. El naciente femenismo setabense encabezado por Artemina Botella, Ana Artigues, o las no identificadas Fanny Martz o Miss Ketty, condenaron la guerra como cosa propia de la brutalidad de los hombres, mientras el escultismo cumplía su primer año de existencia para evitar que los niños jugasen a la guerra, y aprendieran valores no asociados a la violencia, sino al pacifismo y al amor por la naturaleza.
El bloqueo submarino alemán y las prioridades de los frentes de batalla repercutieron negativamente en el tráfico internacional de subsistencias. En Xàtiva comenzó a faltar el pan y el carbón, y cuando había existencias, su precio se disparaba por las nubes. El coste de vida crecía muy por encima de los salarios. Lino Casesnoves se presentó en el puerto de Valencia para conseguir comprar trigo argentino a precio de tasa, y el Ayuntamiento de Xàtiva decretó una Junta de Subsistencias dirigida por Bartolomé Alcaraz, Rafael Garí, Joaquín soler y Jose Medina, que junto con todas las sociedades obreras intentaron que en la ciudad nadie pasase hambre por no poder comprar pan. Los inversores ante la prolongación de la guerra, dejaron de invertir, y el dinero se acumulaba en los bancos en espera de que las hostilidades cesasen. España y Xàtiva se convirtieron en un país y ciudad de propietarios, hombres buenos y santos, que no tenían actividad ni querían arriesgarse en la financiación de empresas de resurgimiento, pero es que acaudalados empresarios e inversores como Ricardo Sanz, Hilario Botella, los hermanos Selgas o Attilio Bruschetti, no nacían todos los días.
Por fin tras largos padecimientos, el ayuntamiento celebró la firma del armisticio y de la victoria de la coalición de ingleses, franceses y norteamericanos en la Primera Guerra Mundial. Por ello Xàtiva, a propuesta de liberales y republicanos, pretendió dedicar dos calles a las naciones vencedoras, símbolos de paz, libertad y progreso. Así se decidió cambiar el nombre de la calle Reina, por el de Avenida de los Aliados, y el de la calle de la calle Camí, por el apellido del presidente de Estados Unidos, Wilson, que a la postre fue el gran artífice de la victoria de las naciones democráticas sobre los imperios autoritarios.
XÀTIVA Y EL DESASTRE DE ANNUAL
En el verano de 1921 unos diez mil soldados españoles murieron en Annual y varias fortificaciones próximas a Melilla, mal abastecidas y peor comunicadas, fácilmente atacables, fueron totalmente arrasadas. El Ayuntamiento de Xàtiva se adhirió a la campaña patriótica en pro de los heridos y mutilados, ofreciendo veinte camas y asistencia médica completa y gratuita a los evacuados de aquel infierno. Aquella masacre fue el detonante de un problema que se arrastraba desde hacía años, y de la que Xàtiva fue testigo a través de la caja de reclutas y del regimiento militar que se acuartelaba en el antiguo convento de Sant Francesc. Durante décadas muchos setabenses tuvieron que prestar servicio militar obligatorio en el Marruecos colonial. Algunos murieron allí sirviendo a la patria sin entender los motivos.
Caído su recuerdo de la ley de memoria histórica, un siglo después, las relaciones entre el hoy Reino de Marruecos, por entonces Protectorado hispanofrancés, vuelven a tensionarse ante la masiva migración de familias enteras, que buscan el sueño de la prosperidad en el paraíso español o europeo. De nuevo el pueblo se utiliza como escudo para defender oscuros intereses. Ayer enviando soldados para defender minas y ferrocarriles, propiedad de políticos, accionistas y financieros, que pagarían lo necesario para redimir a sus hijos del servicio a la patria en condiciones tan hostiles.
Mientras, hoy, se abre inesperadamente la frontera para que la crucen miles de familias desesperadas que ansían llegar a las costas de España porque en Marruecos no hay trabajo. Una sutil forma de presión sin armas, que ha provocado recientemente la condena de la Unión Europea, y todo para conseguir la evacuación del líder del Frente Polisario. Tras su marcha, la playa de Castillejos ha recuperado repentinamente la seguridad perdida, utilizando alambradas con concertinas, policías, y negándose el gobierno a repatriar a los menores no acompañados que han sido abandonados a su suerte, para que la “opulenta” España, asuma unas obligaciones que no le competen, ante la desidia de unas familias que les obligan a marchar esperando que en Ceuta, Melilla o la península, puedan aspirar a tener mejor vida que en sus pueblos de origen.
En la Conferencia de Algeciras de 1906, Marruecos se convirtió en un protectorado compartido por Francia y España. Francia gestionaría la parte más rica del territorio, mientras que a España se le adjudicaba la más pobre: el Rif. Una región inhóspita, montañosa y poco productiva con la excepción de alguna explotación minera de cierta relevancia, que solo servía de consuelo para evocar el recuerdo del glorioso imperio perdido.
. El Atlas marroquí era un espacio habitado por tribus bereberes hostiles al dominio español, que desde 1909 tendían a sublevarse contra el ejército invasor, generando cuantiosas bajas entre las tropas, que tenía su repercusión inmediata en la península, al provocar motines populares entre los reservistas, muchos padres de familia, que eran obligados a ir a servir a la patria, siempre que no dispusieran de 1500 pesetas para librarse de un servicio militar que podía durar hasta tres años. Uno de los líderes de la revuelta, Abdelkrim, se convirtió en el coco con el que las madres setabenses asustaban a los niños más díscolos. Se convirtió en el Bin Laden de los años 20.
Y no era para menos, dada la peligrosidad de aquel destino, convertido en oportunidad de negocio para los setabenses más avispados. Así lo vio el agente matriculado de sustituciones, Emilio Hostench, que abrió en la calle Santo Domingo de Xàtiva, una oficina de “sustitución del servicio activo en Africa”, en la que ofrecía un sustituto a los mozos de reemplazo que deseen librarse del servicio en el protectorado. Antes del sorteo debían firmar el contrato legal por 450 pesetas, para iniciar los trámites. Un negocio legal que había tenido su origen en Barcelona.
A las colonias fueron los pobres, o los desesperados que necesitaban dinero para sostener a sus familias. Tanto antes como ahora, fue la miseria la que determinó los movimientos migratorios entre ambas regiones. Cosa que jamás denunciaría la prensa liberal local que se dedicó a practicar un imperialismo de masas, hablando de honor y patriotismo, mientras las madres pudientes repartían escapularios a los jóvenes o padres sin recursos que tenían que partir hacia Melilla.
Para el oculista y editorialista del Heraldo, Jose Vidal Bellver, no se podía abandonar el Rif tras aquella humillación de Anual, porque en un país sin prestigio y con un ejército humillado, no se podía vivir. España tenía que ser el baluarte de la civilización cristiana en la vieja Europa, y controlar aquella frontera como en tiempos de la Reconquista, para prevenir otra invasión como la del 711. Además de buscar venganza, para dar su merecido a las salvajes tribus bereberes. Era una cuestión de desagravio, para recuperar el honor perdido, y castigar a aquellos desagradecidos que no habían sabido aceptar el progreso en forma de hospitales, escuelas y mejoras agrícolas.
La dictadura del general Primo de Rivera, la ayuda de Francia, y la profesionalización del ejército con la intervención de la Legión y las fuerzas mercenarias autóctonas, permitieron al final pacificar el territorio hacia 1925, tras el desembarco de Alhucemas y la conquista de Axdir, feudo de Abdelkrim. Pero Xàtiva siguió enviando reclutas para defender y justificar lo injustificable, bajo la dirección de unos militares curtidos en una guerra colonial, que no tuvieron ningún reparo, según cuenta la leyenda, de ofrecer al cirujano de hierro y jefe del gobierno y del ejército, un menú de huevos, servido en una cena de visita oficial, que era lo habría de tener el dictador si se atrevía a ordenar el abandono del Rif.
Entre los reclutas setabenses llegados a servir a la patria pocos años después de la pacificación, encontramos al joven escultor local Jose Aragonés Saborit, quien tras soportar la disciplina cuartelera de los africanistas, pudo disfrutar de la belleza del país. De los olores y sabores del zoco islámico, de las costumbres tribales rifeñas, y de los paisajes del Atlas, cuya paz y quietud sólo fue perturbada por la infinidad de pequeños cementerios de cruces blancas que se extendían por aquellos montañosos y desérticos parajes. En ellas reposaban los restos de aquellos soldados a la fuerza, muchas sin ningún nombre que los identificase. Otras con nombres valencianos, alguno de Xàtiva. Nunca nadie se acordó de ellos.
Hace un siglo España sufrió el último pronunciamiento militar del siglo XIX, bien entrado el siglo XX. En una semana, el país quedó a merced de un general que con la aquiescencia monárquica sentó las bases para construir una nueva patria. Miguel Primo de Rivera se levantaba desde Barcelona contra el gobierno para salvar el país de la corrupción, el separatismo, la inflación, la lucha de clases, y para dar solución a la guerra colonial marroquí. Hoy recordaremos desde una perspectiva setabense aquel fin del verano en que la constitución del país quedó en suspenso durante más de un lustro.
Se pasó de democracia a dictadura sin que hubiera derramamiento de sangre. Todo un logro, ocasionado por el hartazgo del pueblo contra la clase política, a causa de su negligencia para formar gobiernos estables, de crear leyes útiles, de permitir la corrupción institucionalizada, y dar excesivas concesiones a los nacionalistas catalanes y vascos, lo que provocó la indignación del estamento militar, principal defensor de la unidad patria. Jamás un golpe de estado tuvo tanto apoyo popular, y muchas de las causas que lo llevaron a efecto, siguen siendo un siglo después, un problema crónico de la historia de España, aunque afortunadamente ya no haya en los cuarteles, que se sepa, generales golpistas salva patrias.
Todo comenzó un 12 de septiembre cuando el que sería conocido como el “cirujano de hierro”, el militar Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, capitán general de Barcelona, se pronunciaba contra el gobierno para salvar al país de cuántas desdichas perseguían a España desde la crisis de la Restauración iniciada con la crisis de la guerra de Cuba de 1898. Defensor de la unidad patria, de la religión católica, la monarquía, la patronal, y las buenas costumbres, aspiraba a ser representante de un régimen nuevo, cuando en realidad representaba al último militar de la era de los pronunciamientos. Su héroe no sería Benito Mussolini, como muchos pensaron por su forma de llegar al poder, sino al general Prim, que se levantó contra el mal gobierno, al grito de Viva España con Honra. Contó enseguida con apoyos militares en las regiones militares más importantes, como Zaragoza o Madrid.
El 13 de septiembre se declaraba el estado de guerra en todo el territorio nacional. Lo que suponía la suspensión de la constitución, y del derecho de reunión y la libertad de prensa, con la instauración de la censura previa. Los militares saldrían a la calle, controlarían corporaciones municipales y diputaciones, e impondrían toques de queda. Al día siguiente, el 14, la constitución quedó en suspenso, y el pronunciamiento se legalizó, al llamar el rey Alfonso XIII al general para formar gobierno. Recibió el encargo de formar un Directorio militar, cuya misión sería buscar hombres doctos, sin pasado político, que regenerasen el país y acabaran con el sentimiento de hostilidad generado contra España desde la escuela, el púlpito, o los medios de comunicación.
Xàtiva, ajena al ruido de sables, se empezó a enterar de todo lo que supuso tal revolución o involución, a través de una nota de prensa publicada a la fuerza en todos los periódicos locales, un 15 de septiembre, en el que se avisaba de que se había declarado el Estado de Guerra en Xàtiva, al igual que en toda España. Y que entraba en vigor a partir de las nueve de la mañana de ese día, donde un piquete del regimiento Otumba, acantonado en el antiguo convento de Sant Francesc, daría cumplida información al respecto a través de la lectura de una serie de bandos que explicasen la situación de lo que se podría hacer y no en Xàtiva, bajo la ley marcial.
El ayuntamiento quedó en manos de los militares. Se obligó a toda la casta política a cesar en sus funciones, que fueron sustituidos por vocales asociados bajo la supervisión militar del coronel Policarpo Navarro, que nombró como alcalde interino a Rafael Hostech Baldoví, un procurador de los tribunales, en espera de nombrar un delegado del Directorio para el partido judicial, que sería la máxima autoridad encargada de elegir a la nueva clase política local, de entre los mayores contribuyentes de la ciudad.
Se prohibió el derecho de reunión, asociación, y la libertad de prensa. Desaparecieron los partidos en beneficio, de uno nuevo, bautizado como la Unión de Patriótica, se prohibieron los sindicatos, y se persiguió a anarquistas, republicanos y separatistas, hoy conocidos como independentistas. Ello supuso en Xàtiva el cierre de periódicos de orientación republicana como el Progreso, y la imposición de la censura previa en el resto de la prensa liberal y católica. Sólo se salvó de la represión una revista de reciente creación bajo la dirección del médico Ernesto Sanz Roselló. La Unión Cultural setabense nacida en junio de 1922, se convertiría en la voz oficial del nuevo régimen porque la misma respondía al tipo de cultura que deseaba impulsar el Directorio para provocar sentimientos de amor hacia España, desde la patria chica
La revista pasó a denominarse Játiva-no se permitía el valenciano más que en la intimidad y en actos no oficiales-, y los militares se integraron en su consejo de redacción. Únicos dos cambios que experimentó para sufrir el empuje económico necesario para seguir editando nuevos números. En sus editoriales, iniciado el nuevo curso académico, explicaban que la misión de la escuela y los medios de comunicación era difundir una cultura nacional, que evitase la ruptura del país.
España era un país de regiones históricas, con diversidad de lenguas e intereses encontrados, pero cuyos egoísmos habían de confluir en la creación de un espíritu nacional, cuya conciencia colectiva se tenía que despertar a través de la educación, impulsando el conocimiento de los hechos más gloriosos de su pasado y difundiendo hábitos de ciudadanía en un país en el que la lucha de clases sociales no existiría, si los educandos hubiesen compartido pupitre en un plano de igualdad, evitando que los más pudientes huyesen de la enseñanza pública. Apoyó así la revista el gesto del cirujano de hierro, al que prestaría sus páginas con el fin de encauzar a Játiva y España, por las sendas del progreso, cultura, amor patrio, trabajo, y paz.


























































